Presentación «El dueño anterior» – Cobertura

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En diálogo con el poeta Fernando Sánchez Sorondo, el escritor Jorge Torres Zavaleta presentó su nueva novela, «El dueño anterior», una historia de fantasmas que transcurre en el campo en tiempos actuales.

«Se trata de un libro extraordinario. Gradualmente advertimos su gran metáfora: el dueño anterior es también el dueño actual, el dueño de siempre, el único», dijo Sánchez Sorondo en la presentación, que tuvo lugar el pasado 17 de octubre en el Salón Anasagasti del Jockey Club. Un fantasma que no quiere que nada cambie, un espíritu conservador.

En una reseña publicada en el suplemento Ideas en mayo pasado se definió la novela como «una combinación de la invención de Henry James con un elemento telúrico y la intervención de la tecnología». Es que la historia, entre fantástica y psicológica, se desarrolla en un campo de hoy, donde abundan los teléfonos celulares, la televisión satelital y los peones con tatuajes. «El escenario es el campo y Jorge logró un realismo sin los arquetipos gauchescos», agregó Sánchez Sorondo.

«Dueño de un don narrativo por excelencia, Jorge ha encontrado su propia voz», aseguró Sánchez Sorondo a la audiencia, entre quienes se encontraban Teresa Anchorena, Cristina Piña (que presentó la novela en la última Feria Internacional del Libro de Buenos Aires) y Marcela Miguens.

Profesor universitario, vicepresidente del Centro PEN Argentina y coordinador de talleres de escritura, Torres Zavaleta es un narrador con un lenguaje llano y depurado. La presentación se cerró con un brindis entre el autor y los invitados, que le hicieron preguntas sobre el proceso de escritura y las lecturas literarias que alimentaron el imaginario fantasmal.

Ya el título de la nueva novela de Jorge Torres Zavaleta -El dueño anterior- anuncia ese costado nostálgico que tanto seduce en su obra (y que no excluye, obviamente, sus rasgos actuales, vigentes y muchas veces de vanguardia). El escenario es el campo -que en él se trasunta naturalmente, sin folclorismos ni artificios gauchescos- como vivencia personal. Un campo que, arquetípicamente, es o ha sido el territorio de la infancia y de la adolescencia, del miedo al anochecer, de un miedo buscado a la luz mala, del insomnio excitado, de toda suerte de mitos esotéricos y fantasmales. Y de aparecidos incapaces de abandonar a sus deudos, vengativos, sufrientes, moviendo objetos.

Ese es el contexto del libro: allí de pronto irrumpirán el protagonista y el que lo fue: el dueño anterior. Y, aunque “el nuevo” es más dueño, más propietario, también se siente más “nuevo rico” a su costa, como si hubiera desheredado al anterior.

En el transcurso de la novela, el dueño anterior es una y otra vez nombrado por el autor, casi litúrgicamente. El protagonista creyó no volver a reencontrarlo en su campo, aunque tampoco le importó que así fuera; más bien y curiosamente, va aceptándolo.

El argumento no es nuevo pero sí su entorno campestre. Un fantasma rural encarnado en El dueño anterior, que interfiere hasta el asombro y la complacencia cómplice… para derivar por fin en miedo y en pánico.

Se trata de un libro extraordinario, cuando gradualmente advertimos su gran metáfora: el dueño anterior es también el dueño actual, el dueño de siempre, el único.